Existe una diferencia fundamental entre analizar una experiencia y habitarla. Cuando algo difícil está ocurriendo, la mente occidental tiende hacia el análisis: ¿por qué me pasa esto? ¿qué lo causó? ¿cómo lo resuelvo? Este movimiento analítico tiene su valor, pero tiene también un coste: nos aleja del contacto directo con la experiencia y nos lleva al nivel de la narración sobre ella.
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