Hay una diferencia entre meditar diez minutos y meditar veinte o treinta. No es simplemente el doble de tiempo. Es cualitativamente distinto. En los primeros minutos, la mente sigue en marcha: repasa pendientes, calibra sensaciones, negocia con la incomodidad. Después de un umbral —que varía según el día y la persona— algo empieza a asentarse. La práctica deja de ser un acto de voluntad y se convierte en algo más parecido a una presencia que se sostiene sola.
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